Claudia López y la entrevista del Shock

Mónica Eraso Jurado

En 1992 la artista queer neoyorkina Zoe Leonard escribió un poema electrizante que se ha venido viralizando y resuena en nuestra cabeza cada vez que nos acercamos a los tiempos electorales: “Quiero una lesbiana de presidenta. Quiero una persona con SIDA de presidente y un maricón de vicepresidente y quiero a alguien sin seguro médico y que haya nacido en un lugar donde la tierra esté tan saturada de desechos tóxicos que no haya podido elegir si le daba leucemia…”. Estas son las cautivantes primeras frases de su poema-manifiesto.

El poema de Leonard nos pone la piel de gallina porque la presidenta que imagina invierte punto por punto el perfil de los candidatos que generalmente se postulan para los cargos de elección popular: hombres heterosexuales o que aparentan serlo, blancos, ricos y que, en el caso de Colombia -para completar- suelen ser hijos de expresidentes.

Imaginamos, con Leonard, que si consiguiéramos que quien tome las desiciones que nos afectan a todas hubiera tenido las experiencias de sometimiento, vulneración de derechos y carencia de las condiciones mínimas para hacer la vida vivible, su experiencia se traduciría inmediatamente en un gobierno para las mayorías, es decir, en un gobierno en el que todas las experiencias minoritarias tuvieran cabida. Un gobierno, finalmente, democrático.

Como entre las posibilidades electorales no encontramos nunca a aquel personaje fantástico que Leonard y muchas de nosotras quisiéramos, optamos por el que más se le parezca. En esta contienda para la alcaldía de Bogotá 2019, Claudia López encarna lo más parecido, en términos identitarios, a la candidata soñada. Para empezar, es una mujer lesbiana que, lejos de ocultar sus afectos, ha encontrado en su pareja, la senadora Angélica Lozano, una compañera política con la que ha hecho la que, tal vez, sea la primera campaña lésbica del país.

A pesar de que las declaraciones de López dificilmente se enmarcan dentro de un programa progresista, dado el malestar que los otros tres candidatos generan, buena parte del electorado de izquierda se ha unido a la campaña de López. Partíamos de la idea de que al ser una mujer que habla abiertamente de feminismo, su programa nos podría ofrecer una serie de medidas para disminuir las brechas sociales, para invertir en la educación pública y para ponerle freno a una fuerza policial que, desvergonzadamente, ha mostrado su cara más represiva durante la alcaldía de Enrique Peñalosa.

Entrevista tras entrevista y -sobre todo- tweet tras tweet, esta esperanza se nos ha venido derrumbando. Por un lado, su compromiso con la “no polarización” la ha llevado a no comprometerse con apuestas de cambio social que puedan sonar demasiado radicales. Eso que hemos aprendido a identificar como “tibieza”, se ha manifestado en su costumbre de enunciar respuestas ambiguas que nos dejan sin un piso firme para conocer sus apuestas políticas. Por otro lado, su discusrso anticorrupción, otra de las banderas de su campaña, hacen aparecer el ethos de despojo de la clase política colombiana ligado, por ejemplo, a linajes familiares que han heredado cargos en el poder desde hace un siglo, como una serie de decisiones individuales que serían las culpables del robo de lo público. A pesar de ello, todavía teníamos expectativas de cambio en sus políticas de género y sexualidad, que aunque no han estado demasiado explícitas en campaña, imaginábamos que destilarían de su valiente lesbianismo público. Ayer, en el “Debate de las decisiones”, la candidata demostró que la identidad no destila proyectos políticos. Cuando le preguntaron sobre su postura en materia de educación sexual y “teniendo en cuenta las altas tasas de maternidad y paternidad temprana”, López escogió la respuesta C: la educación sexual debería “ser responsabilidad exclusiva de la familia”. Los colegios, públicos o privados, no deberían interferir en el modo en el que cada familia prefiera educar a sus hijos en términos de género y sexualidad. Ninguna política distrital, entonces, para prevenir la violencia sexual, la discriminación por razones de género u orientación sexual o la perpetuación de estereotipos dañinos para las niñas. Ninguna formación para evitar la vulneración de derechos a niñas y niños que no se adaptan a los modelos heteronormativos de existencia.

Si al otro lado de la pantalla escuchábamos con asombro su preferencia en materia de educación sexual, el shock apareció cuando escuchamos las razones que motivaban su escogencia: “todas las familias son amor, pero tienen sus propios valores, su propia fe, su propia manera de abordar este tema. Nadie ajeno a la familia les puede imponer una manera de educación sexual”. En un país en el que cerca del 40% de casos de violencia sexual contra niñas y niños es perpetrado por un familiar, la idea de que “todas las familias son amor” resulta contraproducente.

Pero la cereza del pastel fue argumentar que los colegios no deberían intervenir en materia de sexualidad porque cada familia tiene “sus propios valores, su propia fe” y por ello “nadie ajeno a la familia les puede imponer una manera de educación sexual”. Recordemos que uno de los argumentos más fuertes de la derecha colombiana, alimentada por la presión ejercida desde las iglesias evangélicas para votar “no” al plebiscito por la paz de 2016, estuvo justamente relacionado con la educación sexual. Decían que con las cartillas de educación sexual Ambientes escolares libres de discriminación, las niñas y los niños colombianos se volverían maricas y lesbianas y optarían por cambiar de género cada vez que llegara la luna llena. Para este sector reaccionario, las cartillas tenían lo que en la jerga popular se terminó llamando paródicamente “el rayo homosexualizador”.

Las cartillas fueron el detonante de lo que la derecha vino a nombrar como “ideología de género” y que para nosotras había sido siempre feminismo: un movimiento social y político que busca conseguir igualdad de derechos para mujeres y hombres, y también para quienes no son ni hombres ni mujeres, con independencia de sus prerferencias sexuales, de sus expresiones de género, de su color de piel y de la clase social en donde hayan tenido el gusto, o el disgusto, de nacer. Paradojicamente, la primera candiata lesbiana a la alcaldía de Bogotá, quizás en su búsqueda de votos de la izquierda y de la derecha, de los evangélicos, los católicos y los ateos, de la comunidad queer y de los homofóbicos, terminó por defender la apuesta más reaccionaria en materia de educación sexual. Tal vez con esto nos veamos obligadas a repensar si lo que en realidad queremos es una alcaldesa lesbiana, o si preferimos, en cambio, a alguien que, con independencia de su identidad, gobierne pensando en otorgarle derechos a los grupos a los que históricamente se los han usurpado. A estas alturas ustedes ya deben intuir por quién voy a votar, aunque a mí me de vergüenza confesarlo. No estoy dispuesta a invitarles a hacer lo mismo y prefiero quedarme con mi voto secreto (a voces) y con un montón de preguntas. Lo que sí me gustaría es que entre todas – y bueno, todos – nos inventemos nuevas respuestas para los tiempos que vienen.