La visita del abuelo

Por: Sara Martínez

«Abraham Niebles la busca,  Alicia», anuncia el señor Jaime por el citófono. 

La memoria se distiende y entorpece mi capacidad de respuesta. Me repongo, apoyo la mano izquierda en mi vientre, le pido al señor Jaime dejarlo pasar y cuelgo con un cuidado innecesario el aparato.

La primera vez que escuche el nombre de Abraham Niebles fue  a mis nueve años. Ese día mi madre llegó mucho antes de la hora de salida de su trabajo y se asomó llorando por la ventana de madera que mi abuela abría desde las 6:00 am. «para que la gracia de Dios entrara». Yo corrí a abrirle la puerta y la abracé, sin saber qué pasaba.

— Se murió mi papá— dijo sentada en el sofá.

Entonces mi hermana, que sí conocía al abuelo y la había escuchado desde el cuarto, corrió hacia nosotras y se tiró al piso, recostando su cabeza entre las piernas de mamá.

—Se murió Papi Abraham.

—Se murió, se murió tu abuelo, Alicia —dijo mami, extendiéndome los brazos.

Yo me acerqué y las acompañé a llorar aunque no me salieran las lágrimas. Besé a mi mamá y me recosté en su pecho para que no advirtiera que yo no estaba llorando.

Hasta entonces no la había pensado como hija de un hombre en concreto. Mi abuela, naturalmente, era su madre, pero a veces jugaba con nosotros y era como una niña, otras discutía con mamá y parecía su hermana. Nadie le decía mami o abuela, era Ondendi, On cuando jugábamos, así la llamábamos todos. Nunca pensé que ella pudiera haber tenido un esposo y mi mamá un padre. Para mí todo estaba tan completo que no había indagado acerca de la existencia de un abuelo.

Por el lado de mi papá también tenía solo a la nonna, ninguna alusión al señor Gutiérrez del que viene mi apellido. Ahora que lo pienso, mi padre mismo ha sido una figura medio ornamental en nuestras vidas. Los hombres de mi familia ponen el apellido de los hijos y dejan de existir, o salen y entran ocasionalmente en la escena, como él.

Se fueron al velorio. Yo me quedé sola en la casa, pero me dio miedo que el fantasma de ese abuelo al que no conocía apareciera para reclamarme porque no lo lloraba. Me fui adonde las niñas de enfrente, les dije que mi abuelo había muerto y puse cara de tragedia, aunque en parte me alegraba tener algo novedoso que contarles. A ellas no se les había muerto ningún pariente; también era el primer muerto de mi vida.

Jugamos con la cuerda. Yo, a ratos, recordaba que debía estar triste y me iba la esquina de la terraza. Me quedaba ahí, de espaldas a mis amigas, mirando hacia la pared para que creyeran que lloraba; o me sentaba en el bordillo mirando lejos, porque había visto en las novelas de la noche que, en circunstancias graves, la gente guarda silencio y mira a la nada sin espabilar. Estuve con ellas hasta que mi hermano llegó a cambiarse la camisa por una blanca y me dijo que no podía jugar porque estábamos de luto. Le pedí llevarme a conocer al abuelo.

Ya tomó el ascensor, viene por el segundo piso.

—Pero si está muerto, Alicia. Además, no puedes ir porque tú no eres hija del matrimonio. Mira, llegó Ondendi, quédate con ella cuidando la casa—. Esperó a que mi abuela dejara sus bolsas en la mesa de comedor y se le acercó, no por detrás, como lo hacía siempre para puyarle los costados con sus dedos y verla enderezar la espalda de un tirón, sino de frente, caminando lento y mirándola a los ojos.

—Papi Abraham…

—Ya sé que murió —le interrumpió ella—. Estás bello para el velorio, papi, vete ya para que acompañes a tu mamá, yo me quedo cuidando a Alicia—. Y me llamó para que la ayudara a desempacar la compra. Acomodamos las verduras en la nevera y los cocos sobre el mesón de la cocina.

Siempre temí que Papi Abraham viniera a castigarme por no haber llorado su muerte, y por quedarme preparando arroz con leche y bailando con On, que se había puesto el vestido de los domingos esa tarde y se encerró en su cuarto a cambiárselo por el camisón de dormir cuando volvieron del velorio.

Tercer piso.

Los sábados, mamá me llevaba a la oficina. Como solo tenía que trabajar hasta mediodía, me dejaba rayando papeles en el escritorio, junto a ella. Me gustaba ir y mirar por la ventana, quedaba en un piso diez. Desde ahí la gente, los perros, los carros, los postes, todo se veía pequeño y lejano. A veces, cuando escribía en la máquina, me cargaba sobre sus piernas y me leía en la pantalla verde las frases que tipeaba, entonces presionaba una tecla y las palabras iban apareciendo sobre el papel.

Un día la vi arrugar cuatro hojas sacadas de la máquina, era raro, mi mamá no se equivocaba al redactar sus cartas. Le dije que si me leía la que estaba escribiendo seguro le saldría bien, pero no quiso. Al final la escribió a mano, la dobló, la metió en el bolsillo de mi vestido y abrió la ventana. Yo me abracé con fuerza a sus piernas y me quedé ahí aferrada, como si el mundo entero dependiera de ello. Mamá se agachó, tomó mi cara entre sus manos, me dio un beso en la frente y el abrazo más largo que yo recuerde, luego sacó la carta de mi bolsillo, la desdobló y armamos con ella un avioncito que lanzamos por la ventana. Después de almorzar fuimos a las galerías, donde compramos un bolso blanco para ella y un vestido de flores para mí.

La primera vez que comí chicle fue en una de esas tardes en que, a la hora del crepúsculo, el asfalto es más luminoso que el cielo. Al volver del trabajo, mi mamá me entregó una bolsita amarilla con una especie de ventana transparente en medio, por la que se veía una multitud de dulces de colores de unos tres milímetros cuadrados. Tardé menos en engullirlos que mi madre en quitarse los tacones, aflojarse la falda y ponerse las chancletas. Cuando vio la bolsa vacía, reparó en mi quijada estática y me dijo:

—Alicia ¿Te los tragaste? ¿No ves que son chicles? ¡Se te van a pegar las tripas!

Esa noche me acosté esperando no amanecer viva, pero al día siguiente tuve que soportar el baño de agua fría matutino y alistarme para el jardín, como de costumbre.

Durante los años siguientes le escuché decir que las pepas de las uvas, maracuyás, naranjas, mandarinas y guayabas germinaban en el estómago haciendo que brotaran los respectivos árboles por el ombligo del que las dejara pasar. Yo tragaba sistemáticamente cada una de esas semillas, esperando ver el árbol emerger de mis entrañas.

De esos intentos no salió ni un dolor de barriga, aunque creo que les debo el estómago de camionero del que me ufano frente a mis amigas, que han tenido que pasar de la leche entera a la deslactosada, de la deslactosada a la de soya, de la de soya a la de almendras y ya no pueden ni mirar los helados de crema.

Conforme fui creciendo, las advertencias cambiaban de carácter y las fuentes variaban. Supe de la cirrosis hepática por cuenta de un vecino que murió tras una borrachera de cinco días. Conque, apenas tuve ocasión de probar el alcohol y edad para adquirirlo, intenté ingerir cantidades suficientes para procurarme una cirrosis, pero después de la alegría de los primeros siete tragos, cervezas o copas, me entraba el vómito sanador y el sueño. Mi cuerpo se negó radicalmente a permitirme azotar el hígado hasta llenarlo de cicatrices.

Con el cigarrillo fue otra cosa. Empecé a fumar a los quince años, pero la verdad es que no le puse mucha fe al asunto del cáncer de pulmón, habría tomado mucho tiempo y las probabilidades no estaban a mi favor. Había mayor incidencia del azar que con los otros intentos, además requería años de acumulación de residuos del humo en los pulmones y yo no era tan paciente. Sigue siendo una especie de compañía intermitente en mi vida, por periodos me aferro a él, hay otros en que olvido incluirlo en mis compras y no lo extraño. Va y viene, como los amores. 

Por el lado de los hombres si emprendí en serio la cosa, tras ver durante años el comercial de los pollitos diciendo que sin preservativos ni pío y escucharle a mi mamá el cuento de que el sida era una enfermedad de maricas porque el peluquero de la esquina, su novio y Freddie Mercury habían muerto de eso, yo me di a la tarea de demostrar que las mujeres también podíamos contraerlo. Fue así como seleccioné a mis primeros amantes entre los vagos del barrio. Me enfocaba en que tuvieran fama de adictos y, dado que era poco procedente preguntarles si tenían VIH o si se habían hecho la prueba, me fijaba en que por lo menos tuvieran cara de sidosos: escuchimizados, desencajados, pálidos y, ojalá, con manchas violáceas en la piel. Obviamente, me entregaba a esos encuentros sin protección, como se decía, e incluso participé en un par de orgías que me dejaron un herpes.

 Ya está en el cuarto.

El tratamiento fue tan desagradable que aborté la misión. Además, en el colegio conocí a Julián, que jugaba basketball y era bueno, como yo, con las matemáticas. Antes de empezar a salir, coincidimos en las sesiones de un grupo extracurricular de estudios algebraicos al que ambos concurríamos de la manera más subrepticia posible para evitar que la infamia de nuestra ñoñez nos impusiera el ostracismo. Estaba enamorada y, por un rato, me alegró no haberme convertido en guayabo, ni contraído cirrosis o VIH.

A esas alturas yo no cargaba una fama muy honorable, pero a él parecía no importarle y nunca hizo comentario alguno al respecto.

Cuando nos pillaron con los pitagóricos (a un tal Dagoberto, que usaba lentes con bifocales y tenía una halitosis que amenazaba la subsistencia del grupo, se le ocurrió que ese nombre le daba más clase a «La tropa», como si tal cosa fuera posible) alegamos que la única razón por la que íbamos a esas reuniones era que podíamos quedarnos solos al final para tirar en el salón so pretexto de volver a revisar los problemas de la Baldor. Mi imagen aputarrada respaldó nuestra versión.

Julián y yo pasamos el once juntos, éramos inseparables. Pero no hay idilio perenne, cuando nos graduamos él se fue a estudiar a Medellín y yo me quedé en la extinta Universidad Turbay Ayala. Al principio sentí que moría, tratamos de sostener las cosas, pero «la carne es débil y el diablo puerco».

¿El primero en ceder ante la tentación? Yo, naturalmente, pero ni a caso viene explayarme explicando cómo, ese asunto fue un agujero negro en mi vida, y la mejor compañía de la oscuridad es el silencio.

Papi Abraham viene por el sexto piso ya.

Hacia mis veinte años, cuando la más entusiasta de mis amigas de la Turbay enfermó de cáncer, empecé a considerar que la connatural injusticia de la vida haría que la muerte se alejara de mí en una magnitud directamente proporcional a la intensidad de mi deseo. Desde esa misma lógica, tenía la certeza de que, si alguna vez le encontrara el gusto a los días, seguro entonces ella tocaría mi puerta.

Una madrugada, al inicio de las vacaciones de mitad de año, pensé «esto no es más de aquí, con todo este cuidado y compostura, ni la vida se me muestra desbordante, plena, ni la muerte se digna a golpearme con su hoz. Se acabó el pudor». Besé la cabeza de mi madre, que aún dormía, me asomé al cuarto de On, le dejé un jazmín en la mesa de noche y me fui al patio. Cuerda en mano, trepé el palo de níspero e hice el fatídico nudo. El sol empezaba a despuntar, el cielo despejado me mostraba la silueta de la Sierra Nevada. Nunca antes ese fondo se me había revelado con el velo de belleza que lo cubría aquella mañana. Algo en mi vientre se estremeció, sentí que mi cuello se constreñía mientras piernas y brazos se aligeraban, perdiendo realidad. Fui inundada por la nostalgia de saberme en mis últimos momentos de contemplación. Cogí un níspero para partir con su dulzura marrón en mi boca, jugué a pegar y despegar los labios con la goma que despide, los ojos fijos en el horizonte.

—Tan vieja y trepando palo. Bájate de ahí, no sea que te vayas a matar.

Me rodé tan rápido como pude y tapé la cuerda con mis nalgas para que Ondendi no la viera. Tocó vivir. Tumbé ocho nísperos y me ofrecí a preparar el jugo del desayuno. Esa mañana probaron, sin saberlo, el dulce sabor de mi muerte anulada. Aplazada, más bien, como la de todo el mundo.

Viene por el séptimo piso.

Desde la senda de la resignación, busqué la manera de hacerme menos desabridos los años que me fueran dados. La pérdida de mi gran amiga a causa del cáncer me había generado, además de un dolor profundo, cierto malestar interior. Tal vez era vergüenza por las veces que convoqué en vano la enfermedad deseando se apoderara de mi cuerpo hasta acabarlo; pude ver cómo el mal la consumía semana a semana, cómo perdía su vigor y su belleza declinaba hasta extinguirse. Era un espejo distorsionado de mis deseos. Todas esas insulsas tentativas de suicidio hasta entonces emprendidas volvieron, por la vía de los recuerdos, para sindicarme y, tras meses de expiación, desaparecer de mi horizonte.

Me había limpiado, supe que podía pasar a mejor vida aun sin haber muerto, pero no armé de esa convicción una alharaca; nunca me ha gustado el tono de los gurús, chamanes o pastores, así que no iba a imitarlo ni a afianzarme en sus adoctrinamientos. Las  religiones no figuraban en mis planes, ese era un periplo que ya había hecho de niña, a expensas de mi mamá, quien nunca encontró en ellas el sosiego que buscaba.

La belleza de ese amanecer con sabor a níspero me dio una pista, me dedicaría a cazar la poesía que atraviesa fugazmente la futilidad de los días.

Así lo hice, aunque alejada ya de la sistematicidad con que emprendía mis proyectos aniquilatorios. Los años acabaron por concederme cierta calma, tal vez sea eso a lo que la gente llama madurez. Terminé la carrera sin mucha pompa y fui contratada por la empresa en que hice las prácticas, la paga es buena y la jornada contínua me deja libre buena parte de las tardes. Aprovecho esas horas crepusculares para deambular y mirar, sin prisa, a la gente que se afana por volver a casa.

Hace dos años dejé de vivir con mi madre para mudarme cerca de la oficina. Estoy en un décimo piso con vista al río, a la Sierra.

Papi Abraham ya está en el octavo.

Paso los fines de semana en la casa familiar y cada vez que me resfrío voy para que On me prepare sus tomas mágicas. Si me tumba la fiebre, me quedo a dormir en mi viejo cuarto, que permanece como lo dejé, salvo por los chécheres en desuso que se acumulan en un rincón y que, con el tiempo, tal vez acaben por abarrotarlo.

Tomé unos cursos de fotografía en la facultad de Bellas Artes, he acabado por dedicarle a esta afición más tiempo que al trabajo. En algunas de mis capturas vuelve a aparecer, sin que me lo proponga, ese velo que cubrió el horizonte la mañana en que estaba decidida a desertar de este mundo. Al principio me desconcertaba, creía que si algo en la foto se mostraba ajeno a mi voluntad era por insuficiencia técnica. Ahora lo tomo como una señal de que estoy llevando las cosas bien.

Hace dos semanas me enteré de que espero un hijo, o una hija, es pronto para saberlo. No estaba en mis planes actuales ser madre, pero lo he dejado crecer y quiero tenerlo. Pensaba hacer el anuncio esta noche en la cena de año nuevo, pero ahora, con la visita del abuelo muerto, no sé si pueda ir. Ya se están abriendo las puertas del ascensor.