¿Qué puede el voto en blanco?

Por: Simón Díez Montoya

En la segunda vuelta presidencial, entre Iván Duque y Gustavo Petro, hay un tercero rondando y atrayendo votantes: el voto en blanco. Dos candidatos presidenciales de la primera vuelta ya anunciaron su adhesión a este: Sergio Fajardo y Humberto De la Calle. Por sus declaraciones, parece que su decisión se remonta a lo que el voto en blanco “significa” para ellos: que no se identifican con ninguno de los candidatos restantes, que no quieren votar por alguien que esté en los extremos (es decir, que se perciba como abiertamente de derecha o de izquierda), que no se sienten representados por las propuestas, y, que, finalmente, es una cuestión de “coherencia”. Por más respetables que sean estas opiniones, creo que fallan a la hora de considerar más escenarios que la sola elección presidencial (sobre todo qué va a pasar después).

Si eso es así, lo interesante no es preguntarse qué significa el voto en blanco sino qué puede el voto blanco. Esto implica considerar el voto en blanco como más que un mero resultado electoral: se trata de comprender cuáles son sus consecuencias políticas. Con respecto a esto, quiero subrayar tres puntos que considero problemáticos de la defensa política del voto en blanco: primero, no se puede concebir como un voto homogéneo; segundo, no tiene ninguna fuerza política efectiva; tercero, no tiene efectos políticos perdurables.

Que no sea un voto homogéneo es tal vez un problema de cualquier voto, pero hay formas de matizar esta cuestión. Al fin y al cabo, votar abiertamente por un partido, por un candidato, por unas propuestas o por un modelo de país (o incluso en contra de alguna de esas cosas) es un compromiso positivo con una posición. En cambio, no hay manera de identificar cuál es el compromiso positivo detrás del voto en blanco: ¿es un voto de protesta, de neutralidad, de indiferencia, de rechazo, de apatía? A partir de esta diversidad de razones, algunas de ellas incluso contradictorias entre sí, ¿cómo extraer una unidad política? Sin embargo, algo así propone Juanita Goebertus, la recientemente elegida representante a la cámara por el partido Alianza Verde, en una columna de El Tiempo, cuando comparte el siguiente mensaje: “..si el voto en blanco consigue un número histórico de sufragios…tendremos el mandato para exigirle a quien gobierne que se mueva al centro. Que deje atrás sus posturas radicales y gobierne no solamente para quienes lo eligieron, sino para el resto del país que está más al centro que él.” ¿Con base en qué suposición equipara el voto en blanco con una posición de centro? Además, ¿en qué consiste este “mandato” que le “exige” algo al recién electo presidente? Precisamente, esta atribución de fuerza política al voto en blanco es lo que critico a continuación.

Cuando afirmo que el voto en blanco no tiene una fuerza política efectiva estoy pensando en cosas muy concretas: votos a nombre propio, militantes, partidarios, representates, candidatos, maquinarias, movimientos, en fin, todas esas cosas que pueden efectivamente incidir en el panorama político del país. De hecho, dada la anonimidad del voto en blanco, ¿quién podría enunciar ese “mandato” del que habla Goebertus? ¿Acaso el voto en blanco tiene candidato con nombre propio, tiene congresistas, tiene militantes, tiene un movimiento de base? Por supuesto, la respuesta es no. A lo sumo, si y solo si gana, el voto en blanco tiene una fuerza jurídica (esto es, obliga a cambiar todos los candidatos en la primera vuelta de la elección presidencial). En la segunda vuelta, tiene un simple reconocimiento jurídico: es válido legalmente votar en blanco, pero no tiene ningún efecto en la contienda electoral; de todas formas, gana el candidato que tenga más votos. Por todo lo anterior, resulta más bien torpe “promover” el voto en blanco como una opción política (independiente de su reconocimiento como derecho electoral): no hay absolutamente nada que garantice que una “votación histórica” del voto en blanco, en segunda vuelta, incida de una u otra manera en el panorama político.

Por eso, finalmente, es que el voto en blanco no tiene ningún efecto político perdurable. En la sola contienda electoral, es impredecible, es anónimo, es heterogéneo, y es absurdo atibuírselo a un nombre propio. Más aún, el voto en blanco nace y muere en la elección. ¿Cómo asignarle una duración más allá de la contienda electoral como pretenden algunos promotores del voto en blanco? Este es verdaderamente el punto crítico, pues implica pensar qué pasa después de la elección. Aquí es donde los promotores del voto en blanco afirman que su buen resultado electoral se vuelve un “mandato” para quien sea electo y logre gobernar “para todo el país”. Sin embargo, nunca muestran las razones por las cuales puede siquiera concebirse que esto será así. ¿No es igualmente factible que el presidente electo ignore por completo a los votos en blanco y que simplemente decida gobernar con las propuestas que fue electo? Considerado todo lo expuesto, entonces, efectivamente no hay mucho que el voto en blanco aparentemente pueda hacer. Su único efecto visible, hasta el momento, es la autocomplacencia de quienes se deciden por él.

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